¿Dónde
está el principio? ¿Dónde está el fin?, esta pequeña tribulación
tomada de «Las Enseñanzas del Maestro Hsu Yun: Nube
Vacía», nos pone en la entrada de un pequeño
desconcierto.
La
ética kantiana ofrece un cuadro en el que el motivo moral no sólo
difiere del natural deseo de felicidad, sino que incluso se le opone,
pareciendo librar, en ocasiones, una dura batalla contra el mismo. No
es de extrañar entonces que el propio Kant haya llegado a afirmar
que el principio de felicidad constituye precisamente lo contrario
del principio de la moralidadii.
Spinoza
explica el Ser como el afán que tenemos de perdurar siempre, de
seguir siendo eternamente. Cuando
este afán se refiere a la mente, lo denominamos voluntad, pero
cuando se refiere no sólo a la mente, sino también al cuerpo, lo
denominamos apetito. El apetito no es otra cosa que la esencia misma
del Ser humano: el deseo. No queremos algo porque sea bueno, sino al
revés, decimos que algo es bueno porque lo deseamos.
Existen,
además, otros dos afectos para este autor: la alegría y la
tristeza, ambas
relacionadas con el Ser. La alegría sería el aumento de la
perfección del Ser, mientras que la tristeza sería su disminución.
De estos afectos es de los que Spinoza cree que derivan todos los
demás: el odio, la envidia, el enamoramiento, la frustración, la
euforia, etc. Ser es, por tanto, tener apetito de eternidad. Querer
ser para siempre. Y puesto que querer es desear, el deseo ha de ser
la esencia del hombre.
Investigando
el funcionamiento de la razón y encuentra dos mecanismo mentales, a
saber:
La
intuición: es una especie de “luz natural”, que ilumina nuestra
razón y permite captar sin error ideas simples.
La
deducción: permite establecer relaciones entre ideas simples, es
todo aquello que se concluye necesariamente de verdades ya conocidas
con certeza.
A
partir de aquí Descartes propone las siguientes reglas del método.
Pasos
o reglas del método: La primera regla se refiere a la intuición,
las otras tres afectan a la deducción.
- Regla de la evidencia: solo deben admitirse como ciertas aquellas ideas que se presenten a la mente tan claras y distintas que no quepa ninguna duda.
- Regla del análisis: Se dividirá lo complejo en tantas partes simples como sea posible para que pueda recaer en ellas la evidencia.
- Regla de la síntesis: Partiendo de lo simple, de lo vidente, rehacemos el camino hasta llegar a lo complejo, deduciendo a partir de las ideas simples el resto de las proposiciones.
- Regla de la revisión: ordena hacer enumeración, y repaso de los pasos que se han ido dando para asegurarnos que no hay lagunas y no ha habido precipitación.
Descartes
nos llega a decir que el conocimiento es la representación en la
mente humana de lo que se da fuera de ella. Lo que representa a las
cosas en la mente son las ideas. Idea es, pues, una imagen o
representación mental de algo que está fuera de ella. (En cuanto
que todas son representaciones mentales son todas iguales, pero en
cuanto a su contenido unas poseen más realidad objetiva que otras).
Estamos
acostumbrados a tener una particular mirada sobre el mundo y, en
ocasiones, nuestra forma de pensar nos parece inobjetable. Sin
embargo, ¿qué sustenta nuestras ideas? ¿Hay una sola forma de
pensar la realidad o el estado de las cosas?
La
historia se repite, se repite y se vuelve a repetir…, es una
constante dónde la estupidez suele aflorar, ora, casi siempre, en
beneficio de unos pocos… Pero la masa se mueve hacia donde los
elementos rígidos y singulares quieren… Se denosta a unos para
conseguir lo que en esencia no es lícito… Pero la masa es masa y
se la lleva por el camino del no pensamiento… Eso sí, se nos llena
la boca hablando de las bajísimas tasas de analfabetismo en nuestras
sociedades industrializadas y del mal llamado primer mundo, pero yo
me pregunto: ¿Es esto cierto?
No
será acaso que hay otra suerte de analfabetismo que domina a la
masa… que se la lleva por dónde los poderes fácticos desean…
¡Reflexionemos, por favor!
Bibliografía:
iKANT,
Immanuel. Crítica de la Razón Práctica. Trad. J. Rovira Armengol.
Losada, Buenos Aires, 2007. pp. 38‐39.
iiVer
KANT, Immanuel. Crítica de la Razón Práctica, p. 55.